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Mi paso por Europa del Este

En una de mis rutinarias visitas a IOB, el Dr. Alberto Pérez-Porro me comentó que Dentalcoop estaba llevando a cabo un proyecto dental en Baltî, una ciudad del norte de Moldavia, y me sugirió emprender una nueva aventura con él; el destino de este año iba a ser Europa del Este.

La primera parada fue Viena, dónde me esperaba mi amigo el dentista Andrea Tinti. Decidimos pasar nueve horas en la ciudad que inspiró a Mozart… Gajes de viajar con low cost.
Habiendo dejado atrás tierras austriacas, pisamos terreno ex soviético, dónde completamos el equipo de bata blanca formado por la Dra. Ana Moreno, malagueña, Andrea, italiano, y Alberto y yo, de la ciudad condal.

Moldavia es ese escondido y olvidado rincón de Europa del Este que uno no sabe exactamente dónde ubicarlo. Pues bien, ese desconocido tiene como vecina a Ucrania al oeste y a Rumania al este, de la que formaba parte hasta la ocupación soviética. Declaró su independencia en 1991, como parte de la disolución de la URSS. Por ello aún se pueden apreciar matices de su influencia comunista.

La primera mañana de trabajo la dedicamos a la organización y puesta punto del gabinete. Allí nos esperaba Alina. La auxiliar que todo dentista desearía tener en su consulta. Servicial, cuidadosa, con gran capacidad de organización y habilidad para compaginarse con el clínico.

Los lugareños habían realizado una tarea excelente con la construcción de la clínica, gracias al material subministrado por Dentalcoop. El material y las instalaciones se encontraban en muy buen estado. Nos llamó especial atención algunos de los materiales de los que disponíamos; se trataba de productos que incluían componentes momificantes como arsénico y otras sustancias tóxicas propias de la practica dental de estilo ruso.

Los gestos hablaban por nosotros, ya que el hándicap lingüístico de que los pacientes no hablaran inglés dificultaba la comunicación.  No obstante, Google Translator nos ayudó en mas de una ocasión a mantener breves conversaciones.

El idioma principal es el rumano, que se diferencia del moldavo por la fonología. Su cercanía al latín lo convierte en un una lengua intuitiva y levemente comprensible. Muy similar al italiano y al español en cuanto a vocabulario.

La respuesta de los pacientes después de cada tratamiento era gratamente satisfactoria, muy correspondida y siempre acompañada de un God bless you.

La diversidad fenotípica moldava es el fruto de la combinación racial que, durante el régimen comunista, surgió a partir de la mezcla de poblaciones germana, turca, rusa, rumana, ucraniana y parte del territorio báltico. Este cóctel genético da como resultado estereotipos físicos distintos; la piel blanca y el pelo oscuro revela posible descendencia rusa o báltica, mientras que la piel oscura tiene procedencia turca o es de cepa gitana.  
El sueldo medio moldavo oscila entre 50 y 100 euros mensuales, lo que le convierte en el país más pobre de Europa. Un leu moldavo equivale a seis céntimos de euro.

Los inviernos llegan a ser una auténtica pesadilla para la mayoría de los habitantes, que no tienen ni para calefacción.

El centro donde trabajamos acoge a huérfanos y algunas de las huéspedes más jóvenes habían sido producto del tráfico de blancas con fines de explotación sexual. Su asustadiza y temerosa actitud les delataba. Eran extremadamente reacias al mínimo contacto de los hombres. La iglesia tiene el papel de reeducarlas y reintegrarlas en la sociedad.

Cruzando la calle se encuentra la taberna Noroc, rincón donde nos premiábamos por el trabajo con una variedad de cervezas nacionales y de importación. En mas de una ocasión dejamos el estrés en las cenizas de un narguilé, poniendo punto y final a la jornada.

El viernes fuimos invitados a cenar a casa de la doctora que trabajaba con nosotros.
Empezamos abriendo boca con deliciosos entrantes que ella misma había preparado y brindamos con vino Chianti. Todo iba rodado hasta que se presentó el marido ex militar de la doctora, que rompió con la paz i la armonía con la que habíamos convivido hasta entonces. Su castigado aspecto hablaba por sí solo: una barriga descubierta de gran envergadura le separaba de la mesa, tenía la mirada perdida y dejaba escapar un embriagador olor etílico que hacía honor a la fama del cliché ruso.

Bajo un progresivo estado de embriaguez, nos sorprendía con anécdotas y cantaba a pulmón al mas puro estilo ruso, mientras se metía entre pecho y espalda todo lo que podía de whisky, destilado en el sótano de su casa.

Llegó el fin de semana, y Calvin, el pastor, nos llevó a un pueblo gitano a una hora y media de Baltî. Nos adelantó que no habríamos visto nada parecido. Y así fue; se trataba de una caótica macedonia de ostentosidad y falso lujo que acababa con cualquier esquema arquitectónico. Fingían ser pequeñas mansiones decoradas con descarados elementos como columnatas con engañoso estilo corintio o capitolios, nada más lejos de la elegancia y el buen gusto.

Los habitantes del pueblo eran gitanos que habían, acumulado grandes riquezas en Rusia, para volver en forma de ‘nuevos ricos’.

La próxima parada fue a orillas de un lago, donde disfrutamos de una sabrosa carpa acompañado de mamaliga, una genuina receta moldava a base de maíz que seguía la exquisita línea gastronómica con la que hasta ahora nos habían deleitado.

Atardecía y, habiendo cargado las pilas, retomamos el camino a casa. El defectuoso estado de las carreteras imposibilitaba el descanso, lo cual brindaba la posibilidad de admirar una estampa típicamente campesina: las vastas llanuras de trigo y girasoles que cubrían las valles hasta donde alcanzaba la vista.

Era domingo, día de celebración en toda la comunidad cristiana. El movimiento protestante vive la fe de un modo más liberal. Una alternativa alejada del tradicional ritual católico; el lugar del órgano lo ocupa una batería y un piano eléctrico y todos los presentes son protagonistas del jolgorio; bailan, aplauden y alaban la palabra del Señor a través de animada música cristiana.

En la parte final de la misa todos los devotos cierran los ojos y rezan en voz baja. El oír cientos de oraciones al mismo tiempo y en lenguas distintas se convierte en un momento único.

Me gustaría dedicar estas líneas a esa gran familia que nos acogió con hospitalidad y fraternidad, consiguiendo hacernos sentir como en casa.

Dr. Marc Llaquet