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Destino Madagascar

Dos palabras mágicas, que encierran el sueño de una aventura. La primera vez  que oímos esa frase fue en el mes de Mayo; era el proyecto de un viaje  a un lugar  lejano del mundo, que implicaba ofrecer allí  lo que mejor sabemos hacer como profesionales.
               
Para llevar a cabo esta “aventura” contábamos con el apoyo de muchas personas que nos quieren y con la guía inestimable del Dr. Ignacio Calatayud, que con entusiasmo y tenacidad nos llevó a concretar una idea que sin él no hubiera sido posible.

Como inexpertas en este tipo de cooperación, sólo podíamos aportar ilusión y experiencia profesional. Avanzando en la idea de hacer las cosas lo mejor posible, sin contar con los medios técnicos  habituales en nuestro entorno , ya que nuestra labor fundamental consistiría en realizar  todas las extracciones posibles,  nos pusimos  “manos a la obra” para conseguir todo el material necesario  gracias a la ayuda de DentalCoop,  algunos laboratorios y sobre todo a la generosidad de nuestros amigos  y a una  “cena extraordinaria“ que superó todas nuestras previsiones.

Cargadas con lápices, gafas, medicamentos, anestesias, cepillos y pastas, todo tipo de instrumental,  y sobre todo de ilusión, ahí estábamos volando hacia Antananarivo con el compromiso de prestar asistencia dental en MADAGASCAR.

A nuestra llegada al aeropuerto, con ocho horas de retraso, nos esperaban 6 personas: Alex, nuestro contacto en Mada, y un grupo de niños. Todos ellos hicieron desde ese momento que formáramos parte de un equipo en desplazamiento continuo.

Debo decir que desde el primer minuto  nos sentimos tratadas como reinas y la palabra más repetida en malgache  era  “tungasu” (“bienvenidas”). También aprendimos que el “manaona tupco”(“hola”),se acompañaba siempre de tres besos por cabeza y sonrisas de “ oreja a oreja”, de modo que había días de mucho ceremonial y movimiento de cuello.

Aunque ya en la capital comenzamos a hacer extracciones al personal de la casa, nuestro verdadero trabajo comenzó 3 días después en Ambatolampy,  a 70 Km, que era donde se encontraba la escuela . Estuvimos en el dispensario del pueblo, donde el dentista nos prestó unos días su sillón. Allí desplegamos nuestro instrumental  y contando  con una chuleta español- malgache de palabras básicas como (hola, abre, cierra, ¿duele?,  traga, ¿dónde?).  Con ello empezamos a trabajar  en sus bocas. Hicimos muchas extracciones, en circunstancias muy especiales (sobre todo en sectores posteriores).

A los niños les dábamos un cepillo de dientes tras visitarnos y el ultimo día hicimos en la escuela una “clase de técnicas de cepillado” con asistencia masiva.      

Desde allí nos trasladamos 700 km. al Sur, a Satrokala, un lugar que parecía pertenecer al África profunda. Tanto el aspecto físico  de los habitantes como su vestimenta eran distintos de lo que habíamos visto en la capital. Los hombres solían llevar mantas o pañuelos grandes , extendidos como túnicas  e iban descalzos . Algunos niños pequeños iban cubiertos sólo por una camiseta . Todos tenían en común sus amplias sonrisas y sus auténticas carcajadas cuando se veían en las fotos que les hacíamos. Todos muy guapos, con una mezcla de rasgos asiáticos y africanos. Sus casas eran de adobe con tejado de paja. Las viviendas se distribuían de manera que la mayor era adjudicada a la primera esposa, las siguientes de acuerdo al orden “matrimonial”.

En sus bocas, eran fundamentalmente los  sectores anteriores los peor parados. Sorprendentemente, no  se  consideraba fea la carencia de dientes,  sino que  hubo  incluso quienes nos pidieron que les extrajéramos  incisivos sanos para  hacer el frente “más estético”.

Muy pocos entendían el francés, sólo el malgache. Con ellos nos comunicábamos fundamentalmente gesticulando y con nuestra chuleta  malgache- español. Para comunicaciones más complejas Thaína, nuestra guía y contacto, nos ayudaba traduciendo al francés. Ella no se separó de nosotras en los 17 días de estancia.

Montamos nuestra área de trabajo improvisando. Como sillón dental por ejemplo usamos  el asiento trasero de la furgoneta en la que nos habíamos desplazado montado sobre ladrillos.

Como no había ni agua corriente ni luz, nuestra cadena de limpieza de instrumental comenzaba quitando los residuos con toallitas desinfectantes. Pasábamos después el material a un cubo para cepillarlo con agua jabonosa. Luego, aclarábamos con agua en otro barreño y, por último introducíamos el material en la cubeta de esterilizador en frío.

Íbamos equipadas con linternas que nos dejaban las manos libres y nos turnábamos en el papel de ayudante. No permitíamos escupir a nadie y el “atelumi” (trague) era nuestra palabra que indicaba el final de la actuación Hubo un intento de escupir de un paciente que muy educadamente nos pidió permiso para ello, gesticulando y levantando con un dedo un pico de la alfombra de esparto.

El día de nuestra despedida, nos dieron una comida al aire libre, en la plaza, con una mesa muy larga  y muchos comensales, entre los que se encontraban todas las fuerzas vivas del pueblo.

Nos hicieron llorar de emoción mientras escuchábamos los discursos que nos habían preparado.

Fueron días maravillosos en los que no faltaron las risas, los llantos de emoción y el placer de encontrarnos con tanta gente encantadora.

Nunca como en estos momentos nos hemos sentido tan orgullosas de nuestra profesión, por habernos brindado la posibilidad de ejercerla entre gente tan necesitada y agradecida como ellos.

Madagascar es una isla preciosa, sorprendente y muy pintoresca, así como también lo son sus habitantes, que son gente sencilla y muy acogedora.

El regreso a la capital nos llevó 17 horas de viaje en la furgoneta, junto a 12 personas más, pero gracias a eso pudimos conocer los preciosos paisajes por los que pasábamos, así como sus habitantes.

Al día siguiente volvimos a España. Con sus sonrisas y su afecto, los malgaches  han hecho más por nosotras, que nosotras por ellos.