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La verdadera República Dominicana – ¿viaje al paraíso?



Hace años vine como muchos otros turistas españoles a disfrutar de los magníficos complejos hoteleros que tiene esta isla, bailar bachata, playas paradisíacas y beber ron: un viaje al paraíso. Esta vez vengo para aportar mi granito de arena. Me han advertido bien de lo que me voy a encontrar, al ritmo de la bachata “El Niágara en Bicicleta”, un sistema de salud deficitario y corrupto al que accede la minoría de la población.



Llegada a Santo Domingo, es pleno Diciembre pero aquí reinan los 25 grados de calor. Me sorprende, en plena noche, la vida y el bullicio de la capital. Emprendemos el viaje, hora y media hasta la provincia de El Seybo, la segunda más pobre del país. A pesar de ser carretera nacional, baches enormes en mitad del asfalto hacen que el camino sea tortuoso.

Mi primer día de trabajo. No es el primer proyecto humanitario en el que participo, pero estoy nerviosa. Esta vez trabajo yo sola. Tan distinto a la comodidad de mí trabajo en España. Básicamente realizaré exodoncias, consultas, repartiré medicación que llevo meses recolectando, y alguna cirugía sencilla tal vez. Llevan días anunciando mi llegada desde Radio Seybo, por lo que espero venga mucha gente.



El primer día sólo 4 pacientes, “al paso” (con calma) me dicen las encantadoras monjas que me han acogido tan amablemente. “Pronto se correrá la voz y luego no darás abasto” me advierten. Y así fue. Por la mañana trabajo en el Centro de Salud de las dominicas, donde con conocimientos básicos de enfermería atienden a la mayoría de los habitantes de los bateys, independientemente de su raza o religión.

Por las tardes cogemos el instrumental quirúrgico, anestesia y medicación, y nos vamos a los bateys a atender a la población. Extensiones enormes de caña de azúcar recorren el paisaje. Veo a hombres corpulentos, pero también a niños cortando caña de sol a sol. Ganan 50 pesos al día (1 euro), de lunes a domingo en época de recogida, con eso intentan mantener a sus familias. Es sencillo, día que no cortan caña, día que no comen. Viven en barracones, chavolas propiedad de la compañía para la que trabajan, la mayor productora de ron del país. Esclavitud del siglo XXI. Sin agua corriente, sin luz, perdidos en mitad de los campos de azúcar.



En los “colmados” (minitiendas) el kilo de arroz cuesta lo mismo que en España, y los fármacos más caros aún. Sin embargo, el ron, baratísimo. ¿Cómo puede sobrevivir esta gente?.

Los niños afortunados que pueden ir a la escuela, además de aprender a escribir y leer en español, pueden comer pan y leche a diario. Son los privilegiados.

La desnutrición mata a cientos de niños en estos remotos parajes tan lejanos, y a la vez tan cerca de la opulencia de los grandes complejos hoteleros. Son “fantasmas” para el Gobierno, haitianos nacidos en República Dominicana, no tienen actas de nacimiento, por lo que simplemente no existen. Se estima que unos 2 millones de haitianos-dominicanos viven actualmente en esta parte de la isla.



Toda ayuda es poca, las bocas que me encuentro son completamente desastrosas. Los niños están desnutridos, las mujeres anémicas, con 45 años son ancianos,… las necesidades son tantas que me veo desbordada, como odontóloga y como persona. Ellos me entienden a mí hablando español, yo apenas consigo chapurrear un par de palabras en criol,… me sonríen, me dan su bendición, no importa mi procedencia o religión. Soy, simplemente, la única odontóloga a la que podrán acceder en su vida…

Ha sido la primera vez. Pero no será la última. Esta isla tiene algo que engancha, sus gentes, su dulzura, su alegría de vivir. He descubierto, al fin, la verdadera República Dominicana, a son de bachata, me llevo el corazón lleno. ¡Hasta pronto RD!
Dra. Ana Blanco